La relación del arte con la naturaleza (3/4)

Friedrich Schelling

Nióbide herida. Mármol de Parián, obra de arte griega, ca. 440 a. C.
Del Horti Sallustiani, en la zona de Piazza Sallustio, Roma.
©Italian Ways

Por consiguiente, si no podemos llamar a esta belleza, elevada y libre, característica, puesto que esta palabra supone límites y condiciones impuestas a la apariencia, sin embargo lo característico se desenvuelve allí de un modo insensible, como en el cristal la contextura de las partes subsiste a pesar de la transparencia. Cada elemento característico mantiene su acción, pero con dulzura, y concurre así al efecto que produce la indiferencia sublime de la belleza.

¿A qué se debe que a toda sensibilidad, de algún modo cultivada, le parezca falsa hasta el más alto grado la imitación de la llamada realidad, impulsada hasta lo ilusorio, y le produzca, incluso, la impresión de ser un fantasma, en tanto que una obra en la que señoree la idea le arrebata con toda la fuerza de la verdad y le trasplanta al auténtico mundo real?; ¿de dónde procede esto, sino del sentimiento más o menos oscuro que le dice a él que el concepto es lo único viviente en las cosas, y que todo lo demás son inconsistentes y vanas sombras? Por el mismo principio se aclaran todos los casos contradictorios que se citaron como ejemplos de la superación de la naturaleza mediante el arte. Si él detiene la veloz carrera de los humanos años, si une la fuerza del hombre desarrollado con el suave encanto de la temprana juventud, si muestra a una madre y a sus hijos, adultos ya, en el estado de plena y floreciente belleza, ¿qué otra cosa hace sino derogar lo que es inesencial: el tiempo? Según la observación de un gran conocedor, tiene cada brote de la naturaleza tan sólo un instante de plena y verdadera belleza; nosotros podemos añadir también que sólo hay un instante de plena existencia. En este instante, es lo que es en toda la eternidad: fuera de él sólo le adviene un devenir y un perecer. El arte, en cuanto representa la esencia en aquel instante, lo rescata del tiempo; hace que aparezca en su puro ser, en la eternidad de su vivir.

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Sería muerto y de una rudeza insoportable el arte que quisiera representar el vacío caparazón o los límites de lo individual. Sin duda que no es el individuo lo que deseamos ver, sino algo más: el viviente concepto del mismo. Pero si el artista reconoce la mirada y la esencia de la idea que allí está, creadora, y la hace surgir, entonces hace del individuo un mundo en sí, una especie, un arquetipo eterno. Quién ha captado la esencia no puede tener la rudeza y la severidad en la forma, pues ella es la condición de la vida. La naturaleza, que en su perfección final se manifiesta como la más alta dulzura, la vemos en todos los casos particulares tender a la determinación y, ante todo y sobre todo, a la rudeza, a la excesiva reserva de la vida. De la misma manera que la creación entera es una obra de la más alta exteriorización, así el artista debe ante todo saber abstraerse de sí mismo, descender a los detalles, no escatimar el sacrificio de su personalidad ni los esfuerzos penosos para hacerse maestro de la forma. Desde sus primeras obras, la naturaleza está perfectamente caracterizada: ella encierra en el duro pedernal la fuerza del fuego y el resplandor de la luz, el arma armoniosa del sonido en el denso metal; incluso en el umbral de la vida y sintiendo ya la configuración orgánica, vuelve a sumergirse otra vez en la petrificación, subyugada por el poder de la forma. La vida de las plantas consiste en una silenciosa sensibilidad: pero ¿en qué círculo preciso y cerrado está constreñida esta vida paciente? En el reino animal parece, por primera vez, empezar el combate entre la vida y la forma. La naturaleza oculta sus primeras obras bajo duras conchas, y allí donde éstas desaparecen, la vida retorna de nuevo, por el instinto del arte, al reino de la cristalización. Finalmente toma un giro más audaz y más libre, y entonces se muestran, en la actividad y en la vida, caracteres que son los mismos en todas las especies. El arte, es cierto, no puede tomar su punto de partida tan bajo como la naturaleza. En ella, si la belleza está igualmente resplandeciente en todas partes, hay, sin embargo, diversos grados en la manifestación y el desarrollo de la esencia y, por consiguiente, también en la belleza; pero el arte quiere en ésta una cierta riqueza, quisiera hacer resonar, no un acento o un sonido aislado, ni siquiera un acorde destacado, sino la armoniosa melodía de la belleza. Por eso se apodera inmediatamente de lo más elevado y más desarrollado: la forma humana.

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Winckelmann comparó la belleza con el agua, que, sacada de la fuente, cuanto más insípida es, más saludable se considera. Es verdad que la más alta belleza no tiene carácter, pero lo es en el mismo sentido que decimos del universo que no tiene una medida determinada, ni longitud, ni anchura, ni profundidad, puesto que contiene todas las dimensiones en la misma ilimitación; o que el arte de la naturaleza creadora es informe porque él mismo no está sometido a ninguna forma. En éste, y no en otro sentido, podemos decir que el arte helénico, en sus más altas creaciones, se ha elevado a la ausencia de caracteres. Pero no se elevó hasta ella inmediatamente; sólo después de haberse liberado de los lazos de la naturaleza llegó a la divina libertad. De un grano sembrado al azar no podía surgir esta planta heroica, sino de un germen profundamente enterrado en la tierra. Sólo los poderosos movimientos del alma, sólo los profundos estremecimientos de la fantasía, bajo el impulso de la naturaleza que todo lo vivifica, que en todas partes actúa, pueden dar al arte el sello de este poder irresistible con el cual, desde la rígida y hermética seriedad de las creaciones de una época más temprana, hasta las obras de una gracia sensible superabundante, da a luz, con genio inagotable y permaneciendo siempre fiel a la verdad, la más alta realidad que haya sido dada a contemplar a los mortales. Lo mismo que la tragedia empieza con la grandeza y la energía del carácter moral, así el comienzo de la plástica fue la seriedad de la naturaleza, y la severa diosa de Atenas fue la primera y única musa de las artes de la figura. Esta época está caracterizada por el estilo que Winckelmann describe como aún rudo y severo, y a partir del cual el estilo siguiente o alto estilo sólo pudo desarrollarse elevándose de lo característico a lo sublime y a lo simple.

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Autor: Friedrich Shelling Obra: La relación de las artes figurativas con la naturaleza, Aguilar, Buenos Aires, 1954. Traducción y prólogo de A. Castaño Piñán. Reedición: La relación del arte con la naturaleza, Sarpe, Madrid, 1985. Cópia digital: SCRIBD (Presentación por Chantal López y Omar Cortés)