La relación del arte con la naturaleza (5)

Friedrich Schelling

Apolo de Belvedere
Museos Vaticanos (Ciudad del Vaticano)

Hace falta un entusiasmo general por lo sublime y lo bello, como el que, en tiempo de los Medicis, hizo manifestarse a tantos grandes genios a su vez.

El perfecto escultor, como dice Winckelmann a propósito del Apolo de Belvedere, no empleará en su obra más materia de la necesaria para proveer a su fin espiritual; pero tampoco, por otra parte, introducirá en el alma más fuerza espiritual de la que pueda expresar la materia, ya que su arte consiste precisamente en expresar lo espiritual de un modo totalmente corporal. La escultura, por tanto, no puede alcanzar su verdadero punto de perfección más que en naturalezas tales que, en virtud de su esencia misma, sean en realidad, a cada instante, todo lo que pueden ser por su idea o por su alma, es decir, sólo en naturalezas divinas.

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La pintura, en cambio, parece estar sometida a condiciones en todo distintas de la escultura, pues no representa, como ésta, por medio de formas corporales, sino por la luz y los colores, medio incorpóreo en sí mismo y, en cierto modo, espiritual. Así, no da sus imágenes por los objetos mismos; quiere expresamente que no sean consideradas más que como imágenes. Por consiguiente, no concede a la materia en sí misma igual importancia que la escultura.

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Sólo por esta oposición se explica ya el predominio necesario de la escultura en la antigüedad y de la pintura en la edad moderna. La antigüedad sentía y pensaba de una manera totalmente plástica, mientras que el cristianismo, en cierto modo, hizo del alma el órgano paciente de una más alta revelación. Esto muestra igualmente que no basta mirar plásticamente la forma y la representación, sino que es preciso, ante todo, pensar y sentir plásticamente, es decir, a la antigua. Pero si las evasiones de la escultura al dominio de la pintura dan por resultado la corrupción del arte, encerrar a la pintura en las condiciones y formas de la escultura, es imponerle límites arbitrarios; pues si la primera tiende, como la gravedad, a un punto único, la pintura, como la luz, puede llenar todo el espacio del universo.

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Por desgracia, el arte depende en gran medida del espíritu del siglo en que se desarrolla; así, ¿quién podría prometer hoy día a estos serios comienzos, de que hemos hablado, la aprobación general, cuando el arte goza apenas de la misma estima que los instrumentos de un lujo prodigio; cuando, por otra parte, artistas y aficionados alaban y recomiendan un ideal, siendo totalmente incapaces de comprender la naturaleza?

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El arte y la ciencia no pueden moverse más que en torno a su propio eje. El artista, como cualquiera que se ocupe de trabajos del espíritu, sigue la ley que Dios y la naturaleza han grabado en su corazón, y no conoce otra. Nadie puede ayudarle; debe encontrar ayuda en sí mismo. Tampoco encuentra más que en sí mismo su recompensa; pues lo que no ha producido por sí mismo, será, por tal motivo, perfectamente nulo. Por lo mismo, nadie debe ordenarle o trazarle la ruta que ha de seguir. Tan deplorable es su posición si está obligado a luchar contra su tiempo, como digna de desprecio si trabaja sólo para satisfacerle. ¡Satisfacerle!, ¿cómo podría, además? Sin un gran entusiasmo general no hay más que sectas, pero jamás opinión pública. Aquello no es un gusto firme y seguro, no son las grandes ideas de todo un pueblo, sino la voz de algunos hombres que se erigen arbitrariamente en jueces que deciden del mérito; el arte, que en una posición elevada se basta a sí mismo, se reduce entonces a mendigo de la aprobación, se hace esclavo, él, que debía ser señor.

Autor: Friedrich Shelling
Obra: La relación de las artes figurativas con la naturaleza, Aguilar, Buenos Aires, 1954. Traducción y prólogo de A. Castaño Piñán. Reedición: La relación del arte con la naturaleza, Sarpe, Madrid, 1985.
Cópia digital: SCRIBD (Presentación por Chantal López y Omar Cortés)